Una hamaca propia

La Quimera

, Voces

A mis 29 años ocupando como pretexto o metáfora a la hamaca, puedo nombrar que me siento convencida de lo importante y necesario que es habitar un espacio físico o simbólico como propio, que nos sirva de refugio, de espacio libertario, de bienestar y seguridad. Tener ese “donde” podamos conectar con nosotras mismas, quitarnos la presión externa, hablar en voz alta, elaborar nuestros relatos y memorias sin miedos. 

Yo aprendí a leer a los cuatro años, mi abuelo me compró el periódico todos los días para que “dejara de cancanear” y leyera con fluidez. Cada mañana durante 10 años mientras él se tomaba su café en una hamaca yo le leía las noticias que le interesaban, eventualmente me decía “hija hacete aquí,  yo me voy a ir a la huerta” y allí se quedaba la Jennifer niña en la hamaca cómoda, amplia, a veces de macén, otras veces de tela o de hilos coloridos; leyendo toditito el periódico, los libros de textos, los cuentos, las revistas, etc. Solo por el placer de saber decodificar las letras, pronunciarlas e imaginar otros mundos.

En ese momento yo no tenía Una habitación propia, esa de la que habló Virginia Woolf en 1929, que era necesaria para escribir y me atrevo a decir también, para existir con libertad. Yo tuve un cuarto compartido con mi mamá, un patio grande rodeado de verde y una hamaca donde podía estudiar, leer, reflexionar y soñar tímidamente.

Yo atribuyo a la hamaca varias cualidades simbólicas, porque ha representado para mí un lugar de encontrar sosiego a preguntas vitales. Significó en mi niñez ocupar un espacio que mayoritariamente era para los hombres de mi familia, se convirtió de los primeros sitios físicos donde saqué el cuaderno que me servía de diario y  escribí mis primeros poemas o reflexiones del día, fue  cómplice de exploraciones eróticas y también aliada para encontrar remanso en días hostiles.

El balanceo e inestabilidad característico de estar sobre una hamaca ha sido un movimiento y una experiencia que me ha acompañado en tomar decisiones fundamentales, por ejemplo, lo que deseaba estudiar y dónde, siendo todavía adolescente, empezar conversaciones serias con mi sistema familiar o solamente  buscar el tiempo y espacio para discernir, sentir y reflexionar lo que me acontece internamente en este presente de mi juventud.

Que la hamaca, el árbol, la casa, el cuerpo o los sueños nos sigan orientando y animando a construir nuestros lenguajes para encontrar  lo que nos hace sentido, lo que nos revitaliza, y nos apasiona. Sigamos abriendo cerrojos o quitando las trancas de las puertas que nos limitan la libertad de nuestras ideas y nuestros deseos.

Jennifer Birmania Bello, filóloga, comunicadora feminista e investigadora social. Encantada por el arte, el café, el campo y los viajes #LosCódigosdelaSensibilidad.

Fotografía analógica por Camaleoni: Fotógrafe feministe analógique. instagram @camaleoni

Deja una respuesta