Placer es bienestar

La Quimera

, Voces

Recuerdo tener nueve o 10 años y por casualidad haberme restregado con la almohada y haber sentido algo que no había sentido antes. Con más miedo que otra cosa empecé a experimentar siempre con mis almohadas, compañeras fieles de mi primera adolescencia. Viví esos primeros placeres con mucha curiosidad pero también con mucho miedo y culpa. A escondidas en el baño o cuando milagrosamente me quedaba sola en mi casa, pero siempre en silencio. 

Ya en la secundaria, cuando mis amigas empezaban a ser sexualmente activas, recuerdo haberles comentado que me tocaba y recibir la desaprobación de un par de ellas. “Eso es chanchada”, me dijeron. 

Ahora, en mis treinta, escucho a una de mis amigas valorar si volver con su ex manipulador: porque no ha logrado un orgasmo desde que terminaron. Le digo que se masturbe, que se compre un vibrador y me dice que le da pena ir a comprar uno. 

La primera vez que me compré un vibrador, no sabía muy bien lo que hacía. Me compré uno moradito que en retrospectiva me costó demasiado caro y no era la gran cosa. Tengo el privilegio de haber comprado varios con el paso del tiempo. Ya sé lo que me gusta, lo que me funciona y lo que no. Y obvio, me dí cuenta que un vibrador no es requerimiento para un orgasmo. 

Me masturbo. Me gusta sentir el placer de un orgasmo. Y eso me hace bien. El miedo, la culpa y la vergüenza las dejé atrás hace rato; pero no fue fácil: todo a mi alrededor me decía que no estaba bien, que el placer es en pareja y no en solitario. En solitario, sos una “desenfrenada”. 

Muchas veces las mismas tiendas eróticas y no es que existan muchas en Nicaragua, promueven esta idea del placer compartido como la aspiración para nosotras las mujeres. Ni se diga las revistas y toda la maquinaria cultural que nos inunda día a día: en las que el placer de las mujeres siempre está mediado por el falo. Y no, no es así. 

Masturbarse es autocuido. No hay manera de que puedan convencerme de lo contrario. Nuestra sexualidad es parte de nuestro bienestar. Lo que pasa es que hablar de esto no es tan aceptado como hablar de mis clases de bordado. Me siento y me reconozco privilegiada, porque a pesar de continuar en una relación complicada con mi cuerpo: he podido romper con estas limitaciones que me enseñaron. 

Escribo esto porque quiero. Porque decir que me masturbo no debería ser revolucionario. Porque afirmar que es una práctica de autocuido, especialmente para las mujeres, puede aportar a una conversación más amplia sobre la necesidad de reconectarnos con nuestros cuerpos. Porque el placer no debería ser culposo. 

D.M. Mujer feminista en evolución, niña de los 90 en Nicaragua, obsesionada con evidenciar porqué el libro es mejor que la película.  

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