Mujeres rurales: las últimas en el escalón social

Las mujeres rurales en Nicaragua representan el 48.6% del total de la población femenina. Este alto porcentaje enfrenta ingentes problemas de acceso a la educación, tenencia de la tierra, empleo y acceso a agua y saneamiento, entre otras dificultades que se suman a la violencia intrafamiliar, embarazos a temprana edad y abandono de sus estudios.

Octubre es el mes designado a la mujer rural por la Organizaciones de Naciones Unidas y en el caso de Nicaragua, La Quimera dedica este análisis sobre la situación de las mujeres jóvenes del campo, a fin de crear empatía sobre su condición desfavorable en relación a sus compañeras urbanas y de esta manera acercar ambos mundos, que permita a las feministas incluir las particularidades de la condición de la mujer campesina en los planes de lucha en favor de sus derechos humanos, partiendo del alto índice que representan en relación al total de población femenina.

Si bien las mujeres rurales y urbanas, comparten inconvenientes similares de exclusión, las primeras, ven limitados sus espacios de salir del círculo de vulnerabilidad por la condición de pobreza que presenta el campo en Nicaragua.

“Las mujeres rurales constituyen el último escalón de una escalera donde el primer lugar está ocupado por los hombres urbanos; el segundo por las mujeres urbanas, seguidas por los hombres rurales. Son ellas y en especial, las indígenas, quienes poseen los niveles educativos más bajos, las tasas de analfabetismo más altas, menos salarios, menos acceso a recursos y a servicios de salud, entre otros”, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés).

De acuerdo a datos brindados por la ONU (Organización de las Naciones Unidas). Nicaragua tiene una población de 6,4 millones de habitantes (la mitad mujeres y niñas; y la otra mitad hombres y niños). De estos, el país cuenta con una gran población rural que representa el 42% del total. Las disparidades entre las zonas urbanas y las zonas rurales son considerables: aproximadamente el 70% de las personas pobres vive en estas últimas. Las comunidades rurales dispersas y aisladas se enfrentan a la escasez de infraestructuras y a la falta de acceso a servicios de electricidad, abastecimiento de agua y saneamiento. 

Mujeres jóvenes rurales disminuyen sus oportunidades por falta de educación

“El 39% de las mujeres rurales tienen una educación primaria completa, el 7.4% una secundaria completa, el 0.3% algún año aprobado en técnico superior y el 1.4% algún año aprobado en universidad. Los datos son negativos para las jóvenes rurales porque tienen menor grado de escolaridad y la tasa de analfabetismo es más alta, especialmente en el rango de edad de 26 a 35 años. Para la mayoría su escolaridad llega a la educación primaria”, según Dianova Internacional.

Docentes de la escuela rural de la Fundación Flor de María Rizo, ubicada en Pantasma, Jinotega, dan cuenta que la matrícula de las niñas desciende en secundaria, debido a los embarazos a temprana edad, a las responsabilidades que recaen sobre ellas para asistir las labores domésticas en los meses de cortes de café que coinciden con la finalización e inicio del curso escolar, para algunas y otras se ven obligadas a sumarse a este trabajo agrícola para apoyar la economía familiar. 

Qué significa ser “mujer rural”

Los “perfiles sociales” de la mujer campesina ocultan la amplitud y la variedad de formas de participación de las mujeres campesinas en la producción, procesamiento y comercialización agropecuaria, y continúan negando su papel como productoras (Lara,S, 1992). 

Una apreciación a esta complejidad se refleja en la siguiente aseveración: “se debe tener presente la diferenciación que existe entre las mujeres rurales, la cual está marcada por factores como lo son la edad, ubicación geográfica, clase, etnia, etc. Ello hace necesario considerar en el espectro de la población femenina rural, un mosaico de mujeres en condiciones productivas y sociales de producción [que nos] sugiere la importancia de hablar de mujeres rurales como una amplia categoría que recoge: la pluralidad, la definición de un espacio geográfico, la relación con un medio ambiente que está asociado a recursos naturales, la contribución de las mujeres rurales a diferentes formas de producción, procesos sociales, desde diversos grupos y clases sociales, etnias, sistemas de producción, formas de relación laboral y espacios agroecológicos” (IICA 1993, citado en Córdoba y Faerron, 95:1996). 

Tenencia de la tierra: garantía de la autonomía económica

Del 48.6% de mujeres que viven en el campo, sólo el 23.2% son dueñas de la tierra, con un rango 0.5 a 5 manzanas (0.3 a 3.5 Ha) según el IV Censo Nacional Agropecuario (2011). Sin embargo, “en la medida que el número de manzanas aumenta, disminuye la cantidad de mujeres”, según organizaciones de mujeres campesinas. 

El acceso a la tierra a favor de las mujeres se considera como un derecho humano, según lo afirma la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, “la discriminación en materia de derechos sobre la tierra constituye una violación de los derechos humanos”.

El punto de vista práctico sobre autonomía de las mujeres rurales lo sintetiza Carmen Picado, productora del municipio de Condega, ubicado a 180 kilometros al norte de Managua al afirmar: “a todas las mujeres de mi comunidad les digo que no nos dediquemos solo a dormir con el marido, a cocer los frijoles, a estar cuidando al chavalo, porque realmente una no se siente libre. Cuando a una le entran ingresos de las tareas productivas que realizamos tenemos la oportunidad de hacer y decidir. Una se siente libre, se siente como nueva, porque si yo tengo dinero que me lo he ganado y no es del ingreso que el marido me dio para la comida, me puedo comprar una pintura, me puedo comer un sorbete rico, me puedo comer una galleta rica, pero si el marido me lo dio completito para la comida de los chavalos y de él yo no puedo disponer de ese dinero. Por eso digo que todas las mujeres debemos de tomar más decisiones, ser más activas y buscar que nos entren recursos, porque a las mujeres que nos entran recursos propios nos sentimos un poco más libres”. 

Acceso al agua y saneamiento: halar agua en el mundo rural es cosa de mujeres

Se calcula que tan solo un 37% de la población campesina en Nicaragua tiene servicios de saneamiento –frente a un 63% en las ciudades, según el Banco Mundial. 

Estudios del Fondo de Inversiones de Nicaragua, reconoce que “la falta de acceso al agua en el hogar aumenta la carga laboral fundamentalmente de las mujeres, que son las encargadas de la mayor parte de las tareas domésticas, especialmente de las más pobres y de las que viven en las zonas rurales. Esta tarea requiere con frecuencia de varias horas de camino cargando el agua desde la fuente hasta el hogar, es una tarea apoyada en ocasiones por los niños y las niñas mayores de la familia”.

El peso cultural aprendido de la responsabilidad de las tareas domésticas y el cuido de la familia sigue estando fuertemente arraigada. Se asume como normal que ella se quede con la responsabilidad de resolver todas estas tareas en condiciones adversas como la falta de abastecimiento de agua. Deben resolver el hecho de buscar de donde abastecerse, del vital líquido, no solo para la comida, sino también para el aseo del hogar, el lavado de la ropa de toda la familia.

“Como consecuencia, el abastecimiento de agua para el consumo de toda la familia es una tarea que continúa asumiendo en primer lugar sólo las mujeres. La escasez del agua les afecta a ellas con especial intensidad”, afirma en su informe el FISE (Fondo de Inversión Social de Emergencia), sobre la responsabilidad de las mujeres en el acarreo de agua. 

“Mi hija y yo debemos recoger agua para toda la familia pues en verano no llega, ya que vivo en una comunidad que queda en una loma. Nos tenemos que ingeniar cómo poder obtener el agua y ajustar para todo el gasto: comida, lavado, riego de siembra de patio. Somos las mujeres las que acarreamos el agua porque los hombres van a trabajar. En invierno invertimos como 4 horas para poder lograr cubrir la demanda de la casa. Mi hija y otras jóvenes pierden días de clases porque a veces no da para el aseo personal o porque debemos posponer los quehaceres del hogar por el tiempo que nos llevó recoger agua”, contó Angela Jiménez de una comunidad de El Rosario, Carazo a 45 km al sur de Managua.

Si bien la condición de las mujeres jóvenes rurales ha mejorado en el ámbito de la educación en relación a sus madres, el círculo de repeticiones del papel de la mujer rural sigue latente en las jóvenes, lo que plantea un reto para las agendas de las organizaciones feministas, en cuanto a tomar en cuenta a este sector en los planes de sensibilización y empoderamiento para superar, la situación difícil que enfrentan, donde además de lo descrito en este trabajo, son quienes padecen las peores condiciones de violencia intrafamiliar y femicidios. De ahí que, empoderarlas en el plano económico y social es una tarea pendiente.

“Las mujeres rurales son agentes clave para conseguir los cambios económicos, ambientales y sociales necesarios para el desarrollo sostenible pero su acceso limitado al crédito, la asistencia sanitaria y la educación se encuentra entre los muchos retos a los que se enfrentan. Estos se ven agravados además por las crisis mundiales —económica y alimentaria— y el cambio climático. Empoderar a este colectivo no sólo es fundamental para el bienestar de las personas, familias y comunidades rurales, sino también para la productividad económica general, dada la amplia presencia de mujeres en la mano de obra agrícola mundial”, enfatiza ONU Mujeres.

Agustina Cáceres, comunicadora

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