De madres “sagradas” a beligerantes luchadoras que demandan justicia

Ser madre en Nicaragua tiene una connotación culturalmente sagrada. Pareciera que hay dos tipos de mujeres: la mamá y… la “otra”. Tanto para mujeres como para hombres ser madre es el bien más preciado, o como se dice popularmente con un dejo religioso: “es una bendición”. 

Pero, para muchas mujeres este mítico adjetivo cambió a partir de la masacre del 30 de mayo de 2018, cuando el gobierno sandinista, que gobierna el país desde 2006, atacó con armas de guerra la masiva marcha de las madres que pedían justicia por el asesinato de más de 76 jóvenes, en su mayoría estudiantes universitarios, que se oponían cívicamente al régimen desde el 18 de abril cuando inició lo que se conoce como la “revolución de abril”. Sólo en Managua, este ataque sumó 17 jóvenes más asesinados, lo que amplió el número de madres en lucha por la búsqueda de justicia.

“Nunca creí, cuando fui a la marcha de todas las madres para acompañar a otras mujeres, que yo iba a ser parte de ellas”, expresó a medios de comunicación nacionales, Josefa Meza, hoy beligerante activista, junto a sus otras compañeras que suman 100 madres, aglutinadas en la Asociación Madres de Abril en la búsqueda de justicia por la muerte de sus hijos.

Las madres de las personas que fueron asesinadas, aprovecharon el 30 de mayo, por la celebración de su día para pedir justicia. “La madre de todas las marchas”, así denominada al evento masivo, contó con el acompañamiento de miles de pobladores de Managua y sus alrededores. Fue la marcha más grande que se dio en el contexto del levantamiento popular que mantuvo en vilo al país y al gobierno durante tres meses, hasta que, con una estrategia de guerra, el gobierno sandinista desmontó barricadas, iglesias, centros universitarios, y tranques a nivel nacional con la llamada Operación Limpieza que dejó a más de 325 personas asesinadas, miles de heridos y más de 70,000 personas exiliadas, según organismos de derechos humanos nacionales e internacionales.

Del dolor a la lucha contra la impunidad

“Mi vida cambió radicalmente desde que mi hijo se unió a la lucha contra la injusticia por los asesinatos allá en El Viejo, porque yo he militado activamente por más de 40 años en el Frente Sandinista y al principio yo no aceptaba que Derlis estuviera en esa lucha contra mi partido. Fue duro, me arrepiento de haberle pedido que dejara esa lucha y haberle pedido que se fuera de la casa”, declara entre llanto, para La Quimera, Martha Flores, madre de uno de los participantes del grupo denominado “los aguadores”, que fue detenido ilegalmente en diciembre 2019 cuando llevaba agua para las madres de presos políticos de Masaya.

Martha Flores es una líder sandinista de reconocida trayectoria en el municipio de El Viejo, Chinandega, al occidente del país. Ella se unió a la lucha contra la dictadura desde 1977, en su natal Masaya, con el triunfo sandinista en 1979, se sumó a las organizaciones de base del FSLN, destacándose en la Asociación de Mujeres Luisa Amanda Espinoza, AMLAE, de orientación sandinista. 

Posteriormente ocupó cargos políticos comunitarios en su municipio. A pesar de su militancia partidaria la gente de las comunidades y la sociedad en general de su localidad, así como organizaciones de mujeres, la identifican como una líder que se apega a los intereses de sus bases.

“Conocí a Martha Flores en Chinandega, es una promotora de salud y defensora de derechos de las mujeres. Ella es de El viejo, la recuerdo siempre alegre y luchadora. Me enseñó a bailar en las enramadas de San Roque. Martha militaba en el FSLN y además en el Movimiento de Mujeres de Chinandega, nos decía que su militancia partidaria no contradecía su compromiso con las mujeres y todas respetábamos su posición”, escribió Violeta Delgado, feminista destacada y miembra activa del movimiento de mujeres, sobre Flores, cuando luchaba por la libertad de sus hijos el 19 de noviembre de 2019.

Dejar su partido y reconocer que la lucha de su hijo era justa ha sido para Martha una tortura psicológica que la ha postrado en periodos de ansiedad fuertes, por lo que ha requerido tratamiento psicológico. Su vida cambió tanto, que se tuvo que venir a vivir a Managua para evitar las represalias de su partido que penden sobre ella. 

“No me perdono haber estado en contra de mi hijo”, expresa Martha, presa de su arrepentimiento, aún cuando su familia y principalmente su hijo, le dice que no tiene por qué sentirse culpable, que lo más importante es que ahora tiene otra lucha con el resto de mujeres aglutinadas en la Asociación de Madres de Abril, lugar en el que ha encontrado consuelo apoyando a las madres que luchan en contra de la impunidad por el asesinato de sus hijos. 

A pesar de que sus dos hijos, uno biológico y el otro asumido por amor, fueron liberados en diciembre 2019 junto a los demás “aguadores”, para ella la lucha sigue por la libertad de los más de 60 presos, por la justicia de los que perecieron y por la libertad del país. Fue expulsada de su partido, de sus cargos, de su trabajo como docente y de su ciudad.

“Toda mi vida la trabajé para el Frente Sandinista, toda la vida hice trabajo político para el partido, yo vendía la imagen de ética y lucha por los pobres, que destacaba como los ideales de ese movimiento y que fue real al principio… pero ahora analizando todo lo que ha pasado, considero que muchas personas estuvimos ciegas; la militancia se hizo de la vista gorda y nos quedamos sin trabajo, sin buena educación, sin cuestionar y diciendo a todo que sí”, reflexiona Martha con profunda tristeza.

“Cuando golpearon a los viejitos aquel 18 de abril de 2018, yo no lo podía creer. Yo fui una sandinista de base que lo único que había hecho era apoyar a las comunidades con sus necesidades, fui promotora de salud, convocaba a marchas en contra de instituciones por el alza de servicios básicos y velaba porque la alcaldía hiciera los proyectos a los que se había comprometido con la gente. Mis compañeros me decían que yo no era sandinista porque siempre estaba velando en contra de actos de corrupción, pero todo era por defender las ideas de mi partido”, con esta férrea convicción y trayectoria le agarró por sorpresa el involucramiento de su hijo en la lucha por la justicia, cuando su gobierno mandó a asesinar y reprimir a los jóvenes que luchaban, después de la reducción de las pensiones, por la libertad y la justicia contra el régimen del Frente Sandinista.

La vida de Martha, es uno de los casos más emblemáticos de la lucha de las madres por la justicia porque su cambio ha sido traumático porque en un inicio ella prefirió a su partido y echó de su casa a su hijo. “Le dije que se fuera porque aquí (en su casa) nadie se volteaba al Frente. Supe de él (Derlis Hernández) ocho o diez meses, desde que salió de la casa para pedirle que desistiera, hasta que cayó preso a mediados de noviembre de 2019”. 

“Sentí que la vida se me partía en mil pedazos porque ese hijo de mis entrañas había sido apresado no por un delito, sino por un acto de humanismo. Cada vez que mis otros hijos y mi esposo me decían que me había convertido en una tirana por escoger a mi partido, yo sentía una puñalada porque era cierto lo que me decían que Daniel era un tirano y hoy lo vivo en carne propia, hoy puedo decir que Daniel es un tirano, un torturador que manda a desaparecer a los chavalos”, reflexiona con dolor Martha.

Ahora, junto al resto de madres que piden justicia, Flores, se suma a la lucha que libran las que no tienen la suerte de ella de haber logrado que sus hijos fueran liberados. A pesar de las secuelas que ha dejado la vida en ella y sus hijos, vivir por casi dos años escondidos huyendo de la represión, hacen trabajos por la liberación de los que todavía están presos y otras actividades que promueve la organización de madres de abril.

En esos espacios ha encontrado solidaridad y hermandad. “He sentido ese gran corazón que tienen la población nicaragüense; eso solo lo había vivido cuando se ganó la revolución que comíamos del mismo plato, después eso cambió. Mucha gente que yo no conocía me tendió la mano en los momentos más difíciles de mi vida porque tener hambre, frío, calor y no tener dinero es difícil, pero no se compara con lo que estaban viviendo mis hijos y sus compañeros siendo inocentes”, se lamenta Martha.

Para concluir su testimonio, Martha hace suyas las palabras que una vez dijera Rosa Luxemburgo: “solo quien no se mueve, no escucha las cadenas de su esclavitud”.

Estigmatización, desempleo, educación y salud vedados

Si la vida de las mujeres que han tenido a sus hijos presos y otras que todavía viven en esa zozobra, es dramático e injusto, el caso de las madres, a quienes asesinaron a sus hijos, no tiene comparación.  

Impunidad, estigmatización, desempleo, prohibiciones de acceso a educación, son entre otras, las secuelas que ha dejado el asesinato de un hijo por el régimen de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, a la madre y familia sobreviviente.

“Yo no solo perdí a mi hijo, perdí mi trabajo de años. Mi especialidad era cuidar ancianos. Yo cuidaba a tres ancianos, sus familiares me despidieron, luego del asesinato de Gerald Vásquez, mi hijo muerto en el ataque a la iglesia Misericordia de Managua, donde se alojaron los estudiantes que tenían tomada la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN, a mediados de julio de 2018. Las tres familias me dijeron que no querían represalias del gobierno por tenerme de empleada, eso para mí fue un duro golpe, pues soy separada del papá de Gerald, quien además está en el exilio y debo mantener a los cuatro hijos que me quedan”, dijo en entrevista a La Quimera, Susana López, madre de uno de los dos estudiantes asesinados en esa iglesia durante la Operación Limpieza gubernamental que desmanteló con armas y estrategia militar el levantamiento popular de abril 2018.

Susana cuenta que su vida cambió para convertirse en una luchadora no solo por la “justicia y no repetición” de los asesinatos y la violencia contra la población joven, sino también por la libertad de Nicaragua. Ha hecho suya la lucha de su hijo y cuenta que es vigilada, asediada y perseguida por los “militantes” sandinistas barriales, conocidos como sapos.

A ella le ofrecieron casa y otros bienes a cambio de negar su denuncia del asesinato de parte del gobierno de su hijo. Ante su negativa y pedido de justicia, los sandinistas, han amenazado a sus hijas adolescentes. “En una ocasión llegaron disfrazados de pastores y pidieron a mis hijas sus teléfonos celulares para invitarlas a un culto, ellas ingenuamente se los facilitaron y después les enviaban fotos obscenas de hombres desnudos como una manera de hostigarlas para que accediéramos a su pedido de que retirara la acusación y denuncia pública”, dice con valentía, Susana. 

“Nosotras en el movimiento de madres, además de luchar por la justicia, enfrentamos problemas familiares y de pareja, y entre todas nos damos compañía y fuerza. En una ocasión una de las compañeras no hallaba cómo deshacerse de su pareja violenta y siguió un consejo que yo le di cuando me separé del papá de Gerald, le dije que yo había puesto sus maletas a la calle sin miedo y que ella podía hacer lo mismo y lo hizo. Nosotras estamos batallando hacia fuera por lograr justicia por la muerte de nuestros chavalos y hacia adentro tenemos que bregar con la violencia de pareja y otros problemas domésticos. Es duro, pero la compañía entre nosotras nos hace fuertes”, expresa con aplomo.

Cuenta que además de no poder encontrar trabajo, las madres enfrentan que a sus otros hijos se le niegue el ingreso a la escuela pública. “Una madre del grupo nuestro comentó que sus dos hijas han perdido dos años (2018 y 2019) de escuela porque no las reciben en ninguna escuela pública, pues tienen un hermano asesinado. Ella lo contó al grupo y logramos conseguir cupo en un instituto privado, donde se paga 200 córdobas mensuales por cada una. Lo importante es que rebuscamos ayuda y las chavalas retomaron su secundaria”.

Susana encabezó sola las honras fúnebres de su hijo en plena represión y gritaba: “Gerald Vásquez, el chino… presente”. Esta joven mujer de 40 años, hoy es una líder que tiene por meta lograr la justicia por el asesinato de su hijo, acompañar a las otras madres con su ejemplo y tenacidad y lograr que Nicaragua sea libre, en medio de los problemas cotidianos que enfrenta como madre de dos adolescentes y dos niños, sin empleo y sin el padre de sus hijas e hijos.

Al concluir su entrevista y en medio de todo lo que implica la dificultad de sostenerse del dolor por la pérdida de su hijo, dijo con aplomo: “Nicaragua será libre…Viva Nicaragua Libre”.

Autora: Agustina Cáceres, comunicadora.

Foto de portada: Mich Sequeira

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