Jóvenes campesinas labran sus sueños en tierras alquiladas

Se levantan tempranito para empezar sus labores, tanto que a veces ni el alba ha empezado a rayar en el horizonte. El tiempo apremia y labrar la tierra no es cosa fácil, sobre todo cuando esa tierra no les pertenece.

Llevar la comida hasta sus mesas y, hasta las mesas de los consumidores finales, supone para muchas mujeres nicaragüenses que no tienen tierra, empeñar parte de su esfuerzo porque deben alquilar tierras para poder producir.

Este era el caso de Cristian Guzmán, originaria de la comunidad de Guasuyuca, ubicada a 220 kilómetros de Managua, quien hasta hace 2 años alquilaba una manzana de tierra para poder producir la deliciosa rosa de Jamaica que se utiliza para hacer refrescos y dulces, por esa parcela pagaba 600 córdobas durante el ciclo productivo de 6 meses.

“La rosa de Jamaica ha sido mi fuerte, el año pasado produje un poquito menos de 85 libras ya deshidratadas, eso en dinero era 11,050 córdobas y me había costado producir alrededor de 7,500 córdobas”, nos comenta Cristian de 28 años, quien toda su vida ha estado involucrada a la agricultura.

En el 2017 fue beneficiada con media manzana que obtuvo mediante gestiones de la Fundación Entre Mujeres (FEM), que cuenta con un programa para otorgar tierras a mujeres jóvenes, a quienes se les dificulta más acceder a este recurso y Cristian nos cuenta por qué.

“Hay menor credibilidad en las jóvenes pienso yo, no creen en nuestras capacidades, dicen; ‘ésta chavala ¿que va a poder producir, qué va a poder manejar un rubro’?, lo que piensan es que te vas a ir, te vas a encontrar un marido y él te va a dar, que te va a mantener”, lamenta la productora.

Cristian Guzmán con su producto, cortesía

Productoras jóvenes

Es por esta razón que muchos padres y abuelos deciden heredar sus tierras a los hombres, una práctica que según la lógica patriarcal, asegura que las tierras quedarán en “buenas manos”, que no serán vendidas y que se les sacará el “máximo provecho”.

“A ellos sí ya les han asignado una parte para producir y para generar ingresos, por ejemplo, producir frijoles y vender y ellos sí compran lo que quieren, mientras que las mujeres no tienen ingresos”, enfatizó Cristian. 

Ella también es apicultora, es decir cuida y mantiene abejas para la producción de miel natural. Cuenta con 4 colmenas, cada una le genera 20 litros de miel dos veces por año.  Pero, al no contar con un terreno propio adecuado para esta actividad; se asoció con otras cuatro mujeres y juntas alquilan por 40 dólares mensuales el área en donde tiene las abejas.

Por su parte la chinandegana Lisseth Escalante, de la comunidad de San Juan de las Pencas, nos cuenta que aprendió a producir a los 14 años de la mano de su mamá, sembrando maíz.

“En mi casa somos come tortillas, nos gusta todo lo derivado del maíz, igual somos pinoleras y nos gusta el pozol. Mi mamá siempre decía ‘el maíz no puede faltar’, pero además sembrabamos ajonjolí y sorgo”, detalló Lisseth de 29 años.

Hace diez años decidió alquilar tierras para continuar sembrando pero “en asocio”, es decir que empezó a diversificar su producción con pipianes y ayotes. “Actualmente tengo acceso a una manzana de tierra, prestada, tengo la esperanza de que vaya a ser mía más adelante”, anotó la joven productora.

Lisseth es vicepresidenta de la cooperativa multisectorial “Mujeres en Acción”, que aglutina a 45 mujeres de entre 18 y 60 años, productoras de diferentes rubros como; plátanos, pipianes, ayotes y maíz, producen de manera agroecológica, es decir, sin utilizar fertilizantes o químicos para combatir las plagas o estimular el crecimiento de sus cultivos.

La mayoría de estas mujeres alquilan parcelas para producir y de esta forma garantizan su auto consumo y la comercialización de sus productos.

Lisseth Escalante Zavala explica cómo perjudica a las mujeres no tener tierras

Entre sus asociadas está Claudia Reyes, una joven mujer de 25 años, productora de plátano, maíz y yuca. Ella alquila una parcela de una manzana por la que paga dos mil córdobas cada tres meses, pero paga esta cantidad porque conoce al dueño de las tierras, quien según ella, en consideración le alquila barato.

El precio del alquiler depende de factores como la cercanía a fuentes de agua para el riego de las parcelas y el tiempo que la tierra esté ocupada, esto último tiene relación con el rubro que  se siembra, por ejemplo, el plátano tarda nueve meses en cosecharse, a diferencia del maíz que se recolecta en dos meses y 10 días. 

Para Claudia es “muy difícil” que una mujer joven pueda acceder a la tierra como arrendataria o como propietaria, “porque como mujeres y peor siendo jóvenes a veces no creen en la capacidad que nosotras tenemos para poder producir la tierra”.

Pero ella no se rinde y continúa produciendo e involucrándose en actividades colectivas con su cooperativa y con la Coordinadora de Mujeres Rurales, con quienes asegura ha aprendido a cuidar y manejar adecuadamente la tierra, y a trabajar de manera organizada para tener mejor calidad de vida.

Qué significa la tierra para las mujeres

El significado  que la tierra tiene las mujeres campesinas va más allá de lo comercial o de la simple necesidad de subsistencia, el hecho de ser dueñas de una parcela las hace sentir empoderadas, dueñas de sus decisiones y les da libertad para sembrar los que más les convenga de acuerdo a sus prioridades.

“La tierra tiene un gran significado para mí y creo que para las mujeres campesinas, rurales, productoras; la tierra nos dá primeramente, nos da vida, nos da poder, si yo tengo tierra aunque sea un pedacito para hacer mi casa no tengo porqué aguantar humillación de nadie, mucho menos de un hombre ni mucho menos de sus familiares y sobre todo que yo pienso, bueno, que tengo que heredar a mis hijas para que mis hijas no anden rodando”, nos dice Lisseth.

Además del machismo que coloca a las mujeres en desventaja en cuanto a la tenencia de la tierra frente a los hombres, ellas también enfrentan otros desafíos como los efectos del cambio climático que provoca variación del clima lo que puede provocar sequías o exceso de lluvias, el acceso al agua y el establecimiento de tarifas altas de alquiler.

Las mejores tierras, que tienen un mayor nivel de humedad o que están cerca de fuentes hídricas, en zonas como Chinandega pueden costar hasta 250 dólares el ciclo productivo, pero este precio lo han establecido los dueños de grandes extensiones de tierra que suelen priorizar a productores de monocultivos como el maní, la caña de azúcar y el banano, que mantienen la tierra ocupada durante mucho tiempo.

El monocultivo es  un modelo de producción que consiste en sembrar un solo rubro en grandes extensiones de tierra, esto pone en riesgo la seguridad alimentaria, es decir, que la comida llegue hasta nuestras mesas, ya que dificulta la diversidad de cultivos como granos básicos, frutas y vegetales.

Según Lisseth el principal interés de los productores de monocultivo radica en sacar los productos de manera rápida y masiva, por ello no se preocupan por el daño que el uso de fertilizantes y agroquímicos le ocasionan a la tierra y a las fuentes de agua.

La ley 717, un espejismo que prometía tierras a las mujeres

En el 2010, luego de un intenso trabajo de cabildeo liderado por organizaciones de la sociedad civil, entre ellas la Coordinadora de Mujeres Rurales, el Gobierno aprobó y reglamentó la Ley 717, Creadora del Fondo de Tierras con Equidad de Género para Mujeres.

Pero nueve años después, las campesinas siguen a la espera de que la Asamblea Nacional asigne una partida presupuestaria para que el fondo sea una realidad que les garantice tierras para seguir produciendo pero que hasta ahora no pasa de ser papel mojado.

Esto ha obligado a las mujeres a estrechar vínculos organizativos y a tocar puertas de la cooperación internacional en busca de recursos económicos para adquirir tierras que les permitan seguir haciendo lo que más les gusta, producir.

Para Cristian la tierra “es un bien que aporta al empoderamiento económico mío como mujer y que me aporta y genera autonomía para tomar decisiones; pero también para decidir qué quiero producir o qué quiero comer, qué quiero sembrar también, es un bien que me da seguridad de tener algo que es vital para mi vida”.

Martha Delgado

Comunicadora Social

 

Fotografías

Martha Delgado y Cortesía Cristian Guzmán.

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