Habitar el cuarto propio

Las mujeres, para consolidar el ejercicio artístico -nos dice Virginia Woolf- hemos de procuranos una habitación propia, un espacio en donde nuestra experiencia nos pertenezca en consciencia. Esta habitación que, a pesar de las desigualdades, seguimos construyendo y recuperando, se está convirtiendo entonces en un nuevo lugar de enunciación de lo público, un lugar liminal -difuso- en el que lo privado y lo público se sobreponen y en donde se revela, que, como nos dice el poeta Mario Payeras, el mundo es transparente. Pienso en la memoria como esa habitación propia, ese espacio que hay que habitar para ser, que hace visibles los traslapes que nos constituyen. 

Visité la exposición Habitar la Memoria, a cargo de cinco artistas y una curadora, todas mujeres. Planteo acá que esta muestra ha abierto la puerta -desde la dimensión simbólica- a ese cuarto propio, que, en tanto autorreferencial, logra tejerse con las fisuras discursivas de lo público e inscribir ahí sentidos de vida. El cubo blanco y las espectadores como superficies de inscripción, la incorporación a la corriente teórica y ética “postconflicto”, preocupada por los estudios de memoria -que será quizá el shock social de darnos cuenta que las historias no narradas tienden a la repetición- y la representación de lo que importa recordar desde la autoría de las que -históricamente- han cuidado de la reproducción de la vida. La memoria, como corpus de significado, tocó la puerta, y entró al cuarto. Observó lo que había y tomó forma. Forma de cápsula, de poema, de imagen: las representaciones hablan del dolor del parto y de la muerte, refieren a contrastes o fusiones con el olvido, visibilizan los huecos, atrapan el agua sucia, vital, emotiva. 

Es un primer acercamiento y, a mi criterio, una puerta abierta a la habitación, que, llena de espejos, es también un nosotros, nuestro cuarto. En tanto acercamiento roza apenas temas complejamente abordados en otros contextos y temporalidades, no obstante celebro la variedad, el impulso y la oportunidad que desde la producción simbólica -artística- se gesta en nuestro cuarto. Me satisface encontrar ideas que encauzan procesos de toma de sentido de la realidad a partir de la inscripción del pasado en el presente, en gestos cálidos, tristes o dolorosos, que son, sobre todo, íntimos. 

Celebro la inauguración de esta habitación que será tal vez sólo el inicio de un camino de vuelta, de una conexión hacia adentro. Aplaudo la valía de acercarse al dolor en primera persona. De narrar mi duelo para compartirlo, de descongelar mis lágrimas que son nuestras lágrimas, en el trabajo de Ilimani. La certeza de que si hablo de mi casa, de mi trayectoria, hablo entonces de la destrucción de la ciudad, porque que mi historia teje otras historias- aunque la época le haya pedido a Margarita dar al mundo las noticias de la guerra, y aunque ella le haya, por mucho tiempo, cumplido a la época, épica-. Celebro el permiso tomado por Candelaria, en medio de una crisis que pareciera específica, volver a los temas de siempre: la noción del paso del tiempo y de una identidad transitoria, estable en su impermanencia. El gesto de Aída de recalcar la ausencia del relato: sin relato hablado, y sin el monumento como relato, que es a la vez la falta de vigencia del monumento (porque en el Faro de la paz enterraron las armas pero no el conflicto…) vemos huecos. Son importantes para mí las preguntas que puedo hacerle a la pieza de Milena: si quiero quedarme -aunque sea- con una foto, como prueba de realidad de que existió, es porque necesito un marco artificial en donde recoger los significados de la ausencia. ¿Qué pasa sin ese marco? ¿Dónde queda guardado el duelo si no se inscribe la pérdida? Sin forma -más que el acto de nombrar y los tonos rojos que evocan el dolor- la melancolía está ahí, repitiéndose, inaccesible, escueta, sin poder explicarse a sí misma. 

¿Dónde queda guardado el duelo si no se inscribe la pérdida?

Me cautiva especialmente la pieza de Darling, que incrusta una cápsula de agua del contaminado lago Xolotlán en un adoquín desgastado. Como si se tratara de suavizar una realidad demasiado radical, demasiado dolorosa, la asepsia de la cápsula incrustada nos aleja de la putrefacción del Lago, y su brillo y transparencia nos hace admirarla sin comprometernos: el agua sucia está ahí, fuera del alcance- que de todos modos no deseamos-. Como lo mencionó la autora en el Conversatorio al que asistí, esta pieza dice que el olvido no es una amenaza, es más, el olvido no existe. Lo que existe es la falta de atención sobre lo que es, la naturalización del síntoma, tan cercano, tan accesible -como el Lago a nosotres- que ya no lo vemos. ¿Quién va al lago?, pregunta una de las presentes en el conversatorio, refiriéndose a un lugar olvidado. Y aunque tantas mujeres, hombres, niñas y niños, sí van al Lago, están en el Lago, es, para nosotras, las mujeres que hacemos arte y hablamos de arte, un lugar dudoso. Entonces, pienso, vale la pena preguntarnos, ¿quiénes construyen las memorias? El síntoma que no tenga lugar de inscripción simbólica pervivirá para repetirse. Y aunque el tiempo desgaste los adoquines, este indicio de agua sucia -que es el resultado de lo que hemos sido- ahí, fijo entre la roca, hermético, transparente, mínimo, nos va a recordar -sin tocarnos- que no podremos olvidar el agua, lugar de memorias. 

Habitar la Memoria es un paso dialógico, un paso de puente doble que comunica el yo y la mancha densa de lo que no es olvido ni tampoco recuerdo. En esta exposición de arte, ante el duelo privatizado, vemos lágrimas y vientres, y flores en ofrenda. Ante el olvido del tiempo, palpamos sus efectos en la identidad. Si el relato quedó bajo las ruinas de una ciudad desmoronada, cruzamos puentes. El hueco de la ausencia se reitera. La melancolía, incomprensible, pide ser vista. Ante lo radical banalizado, una apelación sutil. Todos, caminos para reencontrarnos en el relato de la historia, para trazar los sentidos de nuestra -inevitable y ahora más visible- participación en lo que -en consciencia- recordamos, y en lo -en consciencia- queremos hacer existir. Porque, como bien los sabemos, en realidad, no se puede hablar de lo público fuera de la habitación propia, y porque el relato de lo público, saturado de acusaciones y de culpables, está necesitando de nuestra cercana comprensión, de nuestra participación, de nuestra intimidad.

Autora:

Dariana Valenzuela. Antropóloga.

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