Gordafobia mutante

La Quimera

, Voces

Sí, sí, ya vengo yo a hablar sobre gordafobia de nuevo. Y es que la gordafobia es violencia. Punto. Debería de ser auto explicativo, pero no lo es. Nos toca enunciar cómo, cuándo, quiénes y dónde; para que podamos tener una reflexión colectiva al respecto. 

En mi experiencia, la gordafobia es una de las violencias más normalizadas que existen. Porque la gordafobia es el temor/odio/rechazo a la gordura y es un comportamiento que aprendemos desde pequeñas. Un comportamiento activo, que va evolucionando y que nos hace daño. Y qué aprendemos todas, seamos gordas o no. 

A las cuerpas gordas nos toca experimentar todo tipo de rechazos y discriminaciones en una sociedad construida para los cuerpos no gordos (en masculino, así mismo). 

Pero no quiero enfocarme en la violencia que mi cuerpa ha recibido por ser gorda, sino en la gordafobia internalizada. Porque me parece fundamental analizar cómo aprendí a odiar ser gorda, a odiar mi cuerpa. Analizar y reconocer las formas en las que me he violentado, y compartirlas con quienes me lean, en un ejercicio para colectivizar mi dolor. 

Cuando estaba pequeña, recuerdo ver infinidad de anuncios de pastillas, batidos y otros productos para perder peso; y pensar “eso es lo que necesito”. Porque el heteropatriarcado también es capitalista: nos enseña a odiar nuestras cuerpas y se lucra de ese odio. 

Aprendí a ubicarme en un “estar” en vez de un “ser” gorda. Hasta hace poco, en mi cabeza: mi gordura era temporal. Y en esa temporalidad indefinida, mi cuerpo dejó de ser mío. 

Llegué a la adultez comprando cremas reductoras y bandas frías. Valoré muy seriamente la posibilidad de ponerme un implante en la lengua. “Cerrate la boca y todo va a estar bien” es una frase que escuché de diversas formas y fui asimilando como la verdad.  

Fue muy difícil para mí reconocer que cada vez que dejé de comer, a pesar de tener hambre: me estaba violentando. Atenté contra mi misma al beber pastillas y batidos que me provocaban diarrea y que muy probablemente también dañaron mi hígado. Estaba constantemente ocultando o disimulando mi gordura, tratando de minimizar mi espacio en este mundo. Comprando ropa en tallas que me hacían sentir incómoda, porque “si bajaba un poquito me van a quedar bien”. Usando fajas que me pasaban apretando la panza todo el día: acostumbrándome al dolor, provocandome dolor.

Aprendí muy temprano lo que eran las dietas y que mi hambre tenía que ser controlada: que no está bien disfrutar la comida cuando una es gorda. Y empecé a ver la comida como un momento de placer momentáneo que luego me llenaba de culpa; por lo que comer era autodestructivo. 

Superar todos estos aprendizajes no es algo que pasa de la noche a la mañana. Requiere trabajo y vulnerabilidad. Poco a poco voy soltando esos pensamientos y costumbres en los que me violenté y sigo violentandome; reconozco que no es fácil. 

Estoy empezando a ubicarme desde el feminismo gordo, porque quiero reconocer y evidenciar que la gordafobia es estructural. Lo veo como un proceso reflexivo que inicia en el yo, pero que no es una lucha individual: tiene que ser colectiva, tiene que ser política, tiene que cuestionar y demandar cambios. 

Gordafobia es violencia que viene desde afuera, pero también desde adentro. 

Gema Manzanares. Comunicadora (ciber)feminista. Mujer gorda, crítica ante la vida y creadora de espacios por y para mujeres.

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