Dolor y rabia: una constante en la vida de mujeres y niñas

Dolor y rabia: dos disposiciones apasionadas. Si las sentimos, es señal de que seguimos vivos, lo bastante vivos como para percibir el mundo, para sentir pasión por aquellos a los que amamos, o por aquellos cuya vida es valiosa y debería ser tratada como tal. En otras palabras: si sentimos dolor y rabia, es que no hemos renunciado a nuestra capacidad de reaccionar ante el mundo. (Judith Butler)

Cuando me atreví a compartir parte de mi historia de abuso, nunca creí que fuera a recibir el apoyo que recibí. Por muchos años pensé en este momento con miedo y nervios, imaginando cómo lo tomaría la gente o mi familia. Pero he recibido tanto apoyo, tanto cariño y comprensión como un día soñé en aquellos años de turbulencia personal cuando todos estos hechos estaban sucediendo. Sin embargo, también debo decir con mucho pesar que he recibido tanto “a mí también me pasó lo mismo”, que no sé cómo andamos por la vida aún capaces de sonreír y de amar a otros. (Testimonio de la periodista nicaragüense Jennifer Ortiz, publicado a través de su cuenta personal en Twitter) 

En contra de nuestra voluntad: sexo no consentido, acoso, abuso, violación y otras formas de violencia es donde esa “cultura de la violación” se encuentra anclada en nuestras cotidianidades, memorias, incluso redes y pantallas.

En 1974 las feministas utilizamos por primera vez el concepto “cultura de la violación”, en esa época activistas de New York denunciaron que en Estados Unidos se glorificaba la violencia sexual y se estigmatizaba a las mujeres que habían sufrido algún tipo de abuso. 

50 años después, las feministas seguimos poniendo sobre la mesa el tema, pues podría ser considerado una pandemia global que nos afecta sin importar nuestra procedencia, edad, raza o clase. 

Los años 70 sentaron las bases de lo que hoy conocemos como cultura de la violación: un sistema que tolera, acepta y reproduce la violencia sexista a través de narrativas que encontramos no sólo en la publicidad, el cine y la literatura, sino también en los aparatos del Estado, el sistema judicial, los medios de comunicación, la sanidad, la educación y, por supuesto, la familia, la pareja o las personas que conforman nuestro círculo más cercano. (Raquel Mirales)

Hablar hoy de cultura de la violación también implica denunciar las violaciones en centros penitenciarios, en torturas, Estados represivos, violaciones y abusos entre parejas homosexuales (gays, lesbianas o bisexuales), violaciones a personas trans, etc.

La colectiva nicaragüense Devuelvan lo robado, recientemente publicó un informe especial sobre el tema: 430 Voces, sistematiza de la mejor manera 430 testimonios de violencia sexual que fueron denunciados a través de Twitter en tan sólo seis días durante el mes de abril de este año. 

La denuncia social y legal, la lucha y el acompañamiento a las sobrevivientes de violencia sexual ha sido un trabajo histórico para el movimiento amplio de mujeres en Nicaragua y en los últimos años encontramos expresiones contemporáneas para abordar el tema y mantenerlo en agenda. 

Hay expresiones muy potentes que ponen en manifiesto cómo diversos grupos de Latinoamérica denuncian este problema. El 25 de noviembre de 2019, activistas chilenas convocadas por el colectivo Las Tesis, se juntaron en la calle para cantar “Un violador en tu camino”, una performance en la que se denuncia el uso de la violencia sexual por parte del Estado chileno y especialmente por parte de los carabineros.

Como refiere la filósofa Raquel Mireles en su texto la Cultura de la violación: una cuestión política, “Un violador en tu camino” es un ejemplo de denuncia transversal que no perpetúa un discurso parcial o binario sobre la cultura de la violación, sino que señala directamente al sistema que la sostiene. Es una letra que puede cantarse en cualquier Estado; habla de la violencia que se ve, pero también de la que no se ve; no hay una víctima localizada y el agresor no es sólo el asesino impune, sino también el Estado y sus organismos de poder: jueces, policías, militares, presidentes, políticos. 

También en Managua, a pesar de encontrarnos en un ambiente de total represión desde el Estado hacia cualquier expresión organizada por la ciudadanía, activistas feministas autoconvocadas corearon con valentía “El violador eres tú”, durante la última conmemoración del Día de los Derechos Humanos.  

Entre enero y octubre del 2020, el Observatorio por la Vida de las Mujeres reporta 86 casos de violencia sexual que han aparecido entre las principales noticias de los medios nacionales. Entre las víctimas se encuentran 42 niñas y adolescentes, lo que representa el 49% del total de denuncias. 

Aún no termina el año y el mismo Observatorio reporta hasta la fecha 70 casos de femicidios y en siete de los casos, el abuso sexual se refleja como un patrón previo al asesinato, siendo nuevamente las menores de edad las principales víctimas. 

En ese sentido, la autora feminista Rita Segato incluye un concepto poderoso en el análisis integral de esta problemática, las pedagogías de la crueldad y dice al respecto: “son todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. Estas pedagogías enseñan algo que va mucho más allá del matar, enseñan a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto. La trata [de personas] y la explotación sexual practicadas en estos días son los más perfectos ejemplos y, al mismo tiempo, alegorías de lo que quiero decir con pedagogías de la crueldad”. 

Los datos anteriores, si bien sólo representan una pequeña muestra de esta pandemia, dan cuenta de lo vigente e importante que resulta desnaturalizar el problema. 

Jennifer en su testimonio también nos hace una importante  llamada: “Este país necesita entender el abuso mejor. Quizá educar, educar sobre el tema, desde un enfoque más humano ayudaría mucho. Hay tantas mujeres rotas, que fueron niñas tocadas, abusadas, mancilladas en su dignidad humana que si no hacemos algo vamos a  seguir siendo un país herido. Yo aliento a las víctimas a denunciar, a dejar las culpas a quien pertenecen: al abusador. Después de ese paso la sanación es un camino largo pero reconfortante. Denunciemos la violencia para que los abusadores no sigan por la vida dejando más almas rotas”.

Recordemos también que como afirma Segato: “La repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de la crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora. La crueldad habitual es directamente proporcional a formas de gozo narcisista y consumista, y al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros”.

María Martha Escobar. Comunicadora Social, Activista feminista y Docente universitaria. Adoradora de gatos y cervezas.

Fotografías: Ita

Deja una respuesta