Cuando migrar te cambia

La Quimera

, Voces

Hace dos años vine a parar acá: a Santander, España, una ciudad situada al norte, fría y gris. Sin sol  tropical, sin bullicio, sin gente sonriente, ya saben como las que hay en Nicaragua. Siempre había querido viajar a otro país, conocer el mundo y las otras culturas pero debido a mis posibilidades económicas a mis 23 años no había tenido la oportunidad de hacerlo. 

En el 2018 como vos y yo sabemos, un año crucial y estrepitoso para muchos nicaragüenses se me ofreció una oportunidad para viajar a España. Podía regresar o quedarme también. Así que agarré el viaje y dos días antes de mi fecha de regreso a Nicaragua, tomé la decisión de quedarme. Lo que vino  después fue igual o peor que dejar atrás todo lo que conocía y tenía. Todo era y sigue siendo tan  distinto. 

El orden, el avance tecnológico, la diferencia en bienes materiales, las personalidades de la gente, el hecho de que muchas personas en España ni siquiera saben ‘’qué es Nicaragua’’ ni donde queda. Me  preguntaban si en África o con una seguridad increíble decían: Ah, sí, sí, en Sudamérica, cosa que me enojaba muchísimo porque sabía entonces que estas personas no tenían idea de lo que había  pasado en nuestro país y toda la injusticia absurda que vivimos los latinoamericanos, tras tantos  años de malos gobiernos, violencia y pobreza desmedida. 

Me sentí sola, devastada, sin identidad. 

Aquí nadie sabía que hacía, todo el esfuerzo de mis últimos años como ilustradora volvían a un  valor de 0. Por supuesto al ego no le gustan estas cosas, ni los cambios bruscos ni la falta de empatía con la que se vive acá. 

Sin amigos, sin trabajo, me sentí desnuda, pero ya no podía retornar a Nicaragua, sabiendo cómo  estaban las cosas y que económicamente no podía comprarme un pasaje de regreso. Me asumí,  entonces tuve que mudar de piel para soportar el frío en vez del calor abrasador del trópico y recordaba en mi cabeza una frase que se convirtió en mi mantra reivindicativo, de Simone de Beauvoir que dice:  

“Nadie me conoce, ni me quiere completamente. Solo me tengo a mí misma.” 

La tranquilidad en estos lugares puede ser encantadora y exageradamente abrumadora. Me desapegue del dolor al que tan acostumbrada estaba (no hay perros callejeros, ni niños pobres, ni me faltaba la comida, ni problemas en casa) hasta me sentía culpable de sentirme en paz, hasta eso tuve que aprender a perdonarme, aceptar a sentirme bien. 

Concluyendo esto no es solo un proceso de adaptarse a una nueva cultura, sino dejar ir todos los  traumas con los que crecemos, que del miedo se puede sacar fortaleza cuando una situación es insostenible, que todos podemos sobrevolar situaciones en las que parecen que no tenemos control. Sin embargo, todo esto me hizo darme cuenta cómo los nicaragüenses estamos sometidos a tanto dolor, a una sociedad violenta con pocas formas de desahogarnos (más que la fiesta y el alcohol) y  la pobreza enorme y perpetuada por los sistemas desfasados políticos, patriarcales y militaristas. 

Gracias a mis buenas amistades en Nicaragua tengo trabajo freelance (sé que laboralmente tengo una situación privilegiada considerando la de muchos nicaragüenses acá en España), sigo siendo  ilegal pero más plena y ahora transito entre mis dos experiencias de vida, la fortaleza casi fantástica  que tenemos los nicaragüenses y la tranquilidad que me ofrece mi estadía incierta por este país.

Mariann Spinosa 

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